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Las Cuatro Estaciones del Genal (I). Cuatro fines de semana para viajeros sensibles

A dos tiros de piedra de la turbamulta costera, protegida como un tesoro por altas barreras montañosas, se encuentra esta tierra olvidada y escondida, soslayada por los grandes planes y diseños que políticos y planificadores deciden cada mucho tiempo, tal vez afortunadamente para el paisaje, aunque no tanto para los hombres que tuvieron que emigrar sin que nadie les explicara por qué ya no podrían vivir en la tierra de sus padres.

Alrededores de Cartajima

Alrededores de Cartajima

Allí, entre las arboledas mediterráneas y las que los hombres introdujeron en un pasado no tan remoto, quince pueblecitos viven, mejor, sobreviven, casi ajenos a los grandes circuitos comerciales y turísticos, ensimismados en su sobria belleza, con su ropaje de cal y su tocado de teja, con las plazas solitarias y dormidas donde algún anciano apura pacientemente el transcurrir de sus días, con el tañido de las campanas de las viejas torres, tan familiar, tan sugerente.

Allí corre el agua de los chorros a raudales, agua blanca engendrada en la entraña blanca de los poderosos riscos. Allí permanecen las calles empedradas que vieron pasar las acémilas y las recuas de los arrieros del carbón, de la cal y de la corcha. Allí quedan las mínimas escuelas sin apenas chiquillos, que aún se divierten en el recreo con juegos definitivamente perdidos por la memoria de las ciudades.

Allí donde el tiempo no es una mercancía sino un sereno devenir cuyo ritmo se rige tan sólo por el agudo canto del viento y la nieve en la alta sierra, por la cándida lluvia de los pétalos de cerezos y ciruelos, y el verde rumor de los arroyos, por el dulzón olor de la trama del castaño y el canto incesante de la cigarra, por el forjado de los bronces en los castaños y las choperas…

Allí, viajero, puedes encaminarte y contemplar tanta belleza, siempre constante y siempre mudable, en estos cuatro caminos que te ofrezco para que, con tu familia o tus amigos, puedas conocer y disfrutar de esta tierra incógnita, tan cercana a tu ciudad, y tan lejos de sus afanes y ruidos. A ti, pues, que buscas algunas de las cosas que te pudieran proteger de la calidad de vida a que tu tiempo te tiene tan mal acostumbrado, te invito a que prescindas del reloj y la prisa.

Quédate una noche y duerme arropado por el silencio, para despertarte con el sonido del gallo y el olor a pan de leña, cuando las brumas se disipan y el sol sale potente por las sierras de levante, para alumbrar a este prodigioso valle que guarda en su corazón los registros del pasado, y que te espera impaciente y generoso, dispuesto a revelarte la autenticidad de los últimos paraísos posibles, aún no perdidos.

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El Genal Dorado

En OTOÑO, la lluvia y el viento amonedan en los castañares y los árboles de las riberas sus ofrendas doradas, en multitud de tonalidades cálidas, que van de amarillo pálido a rojo intenso.

En el Havaral(1) el espectáculo semeja un enorme mar bronceado que rompiera su imposible oleaje en los riscos calcáreos, como si éstos fuesen acantilados. Las brumas matinales, o las frecuentes lluvias de esta estación, dejan sin embargo el paso a un tibio sol que sale entre las nubes y resalta los brillos y llamaradas de los mosaicos del castañar, como si la paleta imaginaria de un pintor, por qué no Van Gogh, colocara aquí y acullá furiosas pinceladas que iluminaran el paisaje.

Debes llegar el viernes por la tarde, y acercarte hacia el hotel La Posada del Arriero, en Júzcar, pueblo al que se accede por un desvío desde la carretera Ronda-San Pedro de Alcántara, aproximadamente en el kilómetro 35 en sentido Ronda, o 12 si venimos desde esta ciudad, o del interior de Andalucía.

Como las tardes vuelan en noviembre, dedícate a contemplar el paisaje circundante. Al frente del pueblo, hacia E, el Jardón ocupa el horizonte con sus bosques oscuros de Pinus radiata, y contempla los castaños, ya omnipresentes en todos aquellos ámbitos. En Júzcar nace el Riachuelo, una surgencia que aporta unos 200 l/s, que riega un sistema de huertos en bancales y que movió las piedras de algunos molinos. Aguas abajo existe una acequia de derivación que lleva el agua por la ladera, hacia el SE, y luego el río se precipita en cinco imponentes cascadas antes de llegar al Genal. Para poder disfrutarlas hay que ir en verano y con un guía del lugar, pues el acceso es bastante difícil.

Estas aguas, con las del Genal, fueron las que movieron los ingenios de la Real Fábrica de Hoja de Lata de San Miguel, en el sitio de Moclón, uno de los primeros ejemplos de la protosiderurgia española, que funcionó durante la primera mitad del siglo XVIII, aprovechando el hierro de las minas de Parauta y Los Perdigones, pero cuyo combustible se nutrió desgraciadamente de los encinares, pinares, castañares y alcornocales de las sierras próximas, algunas de las cuales muestran todavía hoy aquellos excesos.

Como la visita a estos lugares no es posible en esta estación, pasea por el pueblecito y charla y relájate junto al fuego tras la cena en el hotel.

Amanece el sábado. Tras un suculento desayuno, ponte en marcha que la jornada va a ser intensa. Salimos en coche por el mismo camino que entramos ayer, llegamos hasta la general y avanzamos hacia San Pedro hasta alcanzar, a un par de kilómetros, el cruce del carril de la Sierra de las Nieves. Si seguimos este acceso, llegaremos hasta los Llanos de la Nava, un polje2 en el que existe un cortijo de sierra reconvertido en albergue, y flanqueado por altos riscos, en uno de los cuales, el Cerro Alcojona hay un magnífico pinsapar sobre dolomías y calizas, donde se halla el Pinsapo de la Escalereta, uno de los árboles más singulares de Andalucía.

Como la Sierra de las Nieves escapa un tanto de los límites estrictos del Genal, debemos volver por donde hemos venido y bajar de nuevo hacia Ronda. Al llegar a la gasolinera del cruce de las comarcales del Havaral, nos desviamos por la que nos habrá de llevar hasta Igualeja y Pujerra. Al llegar a la primera localidad, IGUALEJA (Al Walay), es preciso hacer una parada para contemplar la espectacularidad de una de las fuentes del río, una surgencia que mana una media de 270 l/s, y que atraviesa la población por el lado derecho, regando bancales y huertos.

Desgraciadamente el pueblo no ofrece otros atractivos por cuanto sus elementos constructivos urbanos tradicionales han sido casi borrados del mapa, pero los alrededores invitan al paseo, pudiendo hallar numerosos ejemplos de los regadíos tradicionales de ladera, que bajan hasta la cota del río Seco, donde afluye el manantial de Igualeja, formalizando una corriente que baja en dirección E-W.

Tras Igualeja, PUJERRA vive rodeada de castañares. Lo más indicado aquí es dejar el vehículo en una zona apropiada de la estrecha carretera, para evitar accidentes innecesarios, y echarse a andar por alguno de los carriles forestales que atraviesan estos bosques. Caminad, pues, bajo tan sugerentes tonos y sumergid vuestros cuerpos en el misterio de las arboledas de latitudes más septentrionales, aunque estando tan cerca el Mediterráneo, no será raro que encontréis algún helecho calaguala3 entre los troncos, una joya botánica que aparece también en las copas de los quejigos. A poco que paséis del pueblo, por el carril que va hacia el Puerto del Chaparral, podréis visitar la cooperativa de segundo grado de castañas, que funciona para los productores de Pujerra y Jubrique, donde podéis adquirir unas bolsas de este preciado fruto, que busca en nuestros días la denominación de origen para la variedad “pilonga”.

Cuando acabéis este paseo, acudid hasta Pujerra y visitad su caserío, mejor conservado que el de Igualeja, y, tras el ajetreo, un suculento almuerzo en Buxarra, donde os sugiero la sopa refrita de primero y unas chuletitas de cerdo ibérico a la parrilla, regadas con un vino del Duero. Tomad de postre unas castañas al brandy y reposad junto al fuego mientras tomáis una infusión o un café.

Antes que se nos vaya la luz volveremos a Júzcar por una pista forestal que a la salida del pueblo, a la izquierda, nos lleva hasta el río, que vadearemos por el Molino de la Puente, pero este camino ha de hacerse en todoterreno y si la crecida otoñal lo permite: preguntad a los lugareños y ellos os dirán si es posible. Si tenéis dudas o no disponéis de tales coches lo mejor es volver por la carretera y punto.

Desde Júzcar se accede pronto a CARTAJIMA, el pueblo más alto del valle, que posee un casco urbano muy bien conservado, con callejas sin salidas, pasajes cubiertos, escaleras, y algunas fachadas interesantes, posiblemente del siglo XVIII.

Cartajima, Qaryat-l Yima, se aposenta bajo los riscos de la Sierra del Oreganal. En ellos se ha formado un bellísimo torcal, el gran desconocido de la geomorfología kárstica española, empequeñecido injustamente por el espléndido de Antequera. Para acceder a él es preciso que contactéis con el Ayuntamiento, para que os proporcione un guía. No os aventuréis solos, pues el acceso y los caminos son difíciles, y hacedlo con luz del día, por eso, con este itinerario quizá sólo os dé tiempo a contemplar los alrededores.

Seguimos hasta PARAUTA (Hisn Autha), dejando a los lados pequeños olivares milagrosamente crecidos entre las agrestes laderas calizas, y llegamos de nuevo al límite de las pizarras, donde se asienta este bello pueblo de calles limpias y cuidadas, y casas con huertecillos anejos, como uno que hay cerca de la iglesia, con sus arriates de obra minúsculos y escalonados, donde el propietario siembra las hortalizas para su consumo particular e inmediato. Ya nos habrá cogido la noche, así que os sugiero que os vayáis al bar de la plaza y charléis con los vecinos. Preguntadles por los viejos usos, por la confección de la pleita de esparto, que en este pueblo era actividad muy notable, por la fabricación del excelente queso de cabra, por las viejas rutas de los arrieros. Podéis cenar en El Anafe, a base de una reparadora sopa volcá, y alguna de las variedades guisadas del conejo o el venado. De postre, pedid alguna exquisitez derivada de la castaña, que se fabrica en un obrador de este pueblo.

Volvemos a Júzcar para dormir. La jornada del domingo, o del tercer día, debe dedicarse a visitar los pueblos de Faraján y Alpandeire. Para ello seguimos por la carretera que desde Júzcar nos llevará directamente a estas poblaciones.

FARAJÁN, Faraxan (o placentera), o tal vez Haraga, linaje beréber, recuesta su caserío sobre una loma alargada entre los arroyos de Cenejil y Balastar. Su urbanismo es muy bello, tanto como su silueta blanca entre el verdor de sus múltiples arboledas, que le hizo pronunciar a Hemingway estas palabras:

“Cisne blanco sobre estanque de esperanza…”

Tan bella metáfora no concuerda desgraciadamente con parte de su arquitectura que, lejos de conservarse, es muestra de cómo no hay que restaurar lo tradicional, incluido el nuevo ayuntamiento.

Pero merece la pena pasear por sus callejas llenas de encanto y, esto es imprescindible, bajar al Travertino de Balastar, donde podemos hallar el más bello ejemplo de aprovechamiento del agua, en sentido estricto de primera necesidad para el hombre y sus árboles, y de goce para los sentidos. Tales condiciones no son sino las que el musulmán incluye en su concepción del yanna, que puede ser traducido como huerto-jardín, un artificio material lo más cercano posible a ese otro artificio espiritual que es el paraíso.

Para llegar a este singular espacio es preciso dejar el coche en la plaza del pueblo y bajar por un carril que se abre a partir de una empinada calle en dirección W, a la derecha de la portada de la Iglesia Parroquial. Seguimos este camino hasta una bifurcación y tomamos la ruta de la izquierda, flanqueados por huertecillos cercados de piedra donde crecen multitud de árboles, un verdadero muestrario de la variedad mediterránea. A final de este camino encontramos la acequia principal, que deberemos seguir hasta llegar al dique travertínico, esto es, una barrera de piedra caliza de toba que debió formarse en el Villafranquiense (Cuaternario), y que sirvió de tope a la sedimentación que creó la primera plataforma, justo la que hemos recorrido entre huertos.

Seguimos bajando entre bancales de cítricos y nos topamos a la izquierda con una imponente chorrera por donde se desprende el arroyo, para regar las plataformas inferiores, por la última de las cuales se precipita una segunda cascada, aún más espectacular que aquella.

Es decir, un espacio sabiamente utilizado por el hombre, con bancales y terrazas muy bien cultivadas, con una hermosa y feliz biodiversidad (las arboledas introducidas, contra lo que piensan algunos amigos ecologistas, enriquecen el paisaje, salvo en ciertos casos de cuyo nombre no quiero acordarme en este artículo), y con el permanente y adecuado, hubo también algún molino hidráulico, manejo de las aguas, que acompañan con su sonido y su frescor este jardín natural al que ni siquiera faltan flores en algunos lomos y taludes de los bancales.

Para este paseo, que dura una hora y media, es preciso llevar calzado cómodo, que no resbale, y no debe hacerse en grupos numerosos, hecho que puede alterar el espacio y su significado, y molestar a los campesinos, que se suelen mostrar amables y son muy comprensivos con las gentes que respetan su trabajo.

Podemos almorzar en el Restau­rante Remedios, previa reserva por la mañana, que ofrece toda una extensa gama de carnes ibéricas y primeros platos bastantes contundentes. En este establecimiento podéis adquirir buena chacina.

Tras el café, caminamos entre magníficos encinares hacia ALPANDEIRE, el pueblo de Fray Leopoldo, un humilde cabrero de estas sierras que fue a parar a un convento de Granada, donde ejercía de portero, y donde adquirió fama de santidad, como se constata en los numerosos creyentes que le prestan su devoción. Estos encinares formalizan espacios adehesados y “montes” donde pastan de nuevo los cerdos ibéricos, una vez superada la epizootia de la peste africana que asoló la cabaña del Genal en los años 50 y 60.

Al-pendayr, el pandero, un híbrido mozárabe, tiene a gala poseer la denominada Catedral de la Serranía, un gran templo parroquial que se levanta exageradamente en medio de un bellísimo caserío, justo en la línea de las calizas del Oreganal y las pizarras, lo que propicia la proliferación de manantiales y sistemas de huertos que copian fielmente el modelo antes descrito.

Ya es la tarde y hay que volver. Lo mejor es hacerlo en dirección a la carrera Ronda-Algeciras y parar en lo más alto de la zona de las calizas, desde donde podemos ver quizá la mejor vista de todo el Genal. Estamos en otoño, y con las últimas y apagadas luces que llegan desde la Dorsal Occidental, los castaños sacan a relucir sus colores cálidos entre el imponente y oscuro bosque de frondosas que se pierde en las profundas vallonadas del río y sus tributarios, mientras alguno de los pueblecitos del Genal Medio destaca su caserío entre la difusa luz que, lentamente, va apagando los contornos de arboledas y montañas.

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El Genal Umbrío

Ahora, con los castañares desnudos, el paisaje es más oscuro, pues en él dominan los pardos tonos de los Quercus mediterrá­neos. Bajo el castañar aparece el verde prado moteado aún de las ofrendas otoñales, y por doquier se alzan los delgados fustes de humeros de fogatas en que arden los restos de las podas y los matorrales recién rozados.

El campo vive un silencio inmenso, sólo acompasado por el sonido amable de algún arroyo, o de alguna ráfaga de viento que, en los días claros, viene casi siempre del norte. Los campesinos lo llaman Rondino. Entonces, tras un día apacible, llega una noche fría donde la escarcha nunca es ajena a las zonas más sombrías.

Otras veces viene del sur, o el suroeste, el Ábrego, y entonces se nos muestra con las entrañas cargadas de una lluvia que riega durante días los valles y vaguadas.

Unidades de paisaje en el Genal Medio

Unidades de paisaje en el Genal Medio

Sobre este silencio, y con estos aires, la actividad decrece en los pueblos y, tal vez por ello, los que buscan la tranquilidad absoluta pueden escoger esta estación, habitar unos días, encender el hogar y refugiarse en la conversación o en la lectura.

La ruta que te propongo entra desde Ronda y, por la carretera que va a Algeciras, accede, por el cruce de Algatocín a Estepona, hasta el pueblo de Genalguacil (Yanna-l Wassir, nos propone Asín Palacios, el “Jardín del Ministro”, o tal vez Sanar el Wassir, esto es “Genal de los Wasir”, como prefiere Virgilio Martínez) donde nos alojaremos en una casa rural contratada previamente en alguna de las agencias que proponemos en el anexo. Esta primera etapa la haremos el viernes por la tarde.

Llegaremos de noche, presumiblemente. Una vez alojados y descansados, bajaremos a cenar al restaurante El Refugio, bajo la Plaza de la Iglesia.

El sábado madruga un poquito, ve a buscar el pan de leña recién hecho y desayuna bien en tu propia casa. Luego debes salir a pasear por este bellísimo pueblo y te encontrarás con multitud de figuras y esculturas en todos los rincones, al aire libre, todas hechas por artistas foráneos, gratuitamente cedidas al municipio, y realizadas con elementos del lugar, madera y piedra esencialmente.

Estas obras de arte no son sino el resultado de un concurso o muestra que periódicamente se realiza, normalmente durante el verano, y que han venido a embellecer todos y cada uno de los rincones de la villa. Esta iniciativa demuestra cuán diversos caminos pueden recorrerse para desarrollar estas pequeñas comunidades rurales, ¿por qué no con un turismo rural como el que aquí se genera con esta muestra?

Asomaos al mirador de la Plaza. Veréis el valle del Almarchal y los cerros de Benestépar, de donde se dice partió El Fehri, nombre ficticio, novelesco, de un mudéjar que acaudilló la rebelión de los moros en el invierno y primavera de 1501. Esta revuelta llevó hasta lo más intrincado de Sierra Bermeja a un nutrido grupo de mudéjares4 fugitivos de estas serranías, hasta el llamado Calaluz, una especie de fortificación que debió estar en el Alto Monarda, y en cuyos barrancos perecieron Don Alonso de Aguilar, alcaide de Antequera, y Don Francisco de Madrid, secretario real, con al menos 80 ó 100 efectivos de las milicias de algunas ciudades andaluzas, a causa de la impaciencia y rapiña de algunos miembros de esta soldadesca, como nos cuentan los cronistas de la época, y cuyos textos podréis leer en las cerámicas que explican estos hechos en algunas esquinas y calles. Hasta el mismísimo Rey Católico hubo de venir a Ronda para pacificar aquella gravísima revuelta, que no era sino el anticipo de otras aún más virulentas en la misma centuria, y que venía a constatar los problemas de convivencia con las minorías en los estados modernos, en los albores de la Edad Moderna, los incumplimientos repetidos, por ambas partes, de las Capitulaciones, y el afán evangelizador de algunos prelados, tal vez subsumido por el no menos perentorio deseo de los monarcas de la época de unificar sus estados, no sólo territorialmente, sino también ideológicamente.

Algatocín, frente a Sierra Bermeja

Algatocín, frente a Sierra Bermeja

Tras este paseo, nos vamos de excursión. Cogemos el coche y volvemos por la ruta de Algatocín hasta que llegamos al Puente de San Juan. Allí está el río Genal, que en esta época del año suele ir generoso en aguas. Bajad y, con precaución, contemplad desde la orilla el fluir del agua pura, siempre mudable, pero siempre la misma, en su eterno ciclo vital, generador de arboledas y criaturas, y rauda hacia su destino último, es decir, el mar, al que lleva en su entraña líquida el alimento para los peces y las arenas para las costas. Esta permanencia y esta trascendencia vienen a quedar reflejadas metafóricamente, y así lo vio Heráclito de Éfeso para explicar su teoría del devenir con el transcurrir de los ríos. Puestos a filosofar o a poetizar, ¿quién no recuerda, con la contemplación serena de una corriente tan pura, las coplas de Jorge Manrique o las bellísimas églogas de Garcilaso? Con tales pensamientos quedo yo, viajero, cuando me pongo delante del Genal, y por eso me entristezco ante tanta barbarie que ha destruido los ecosistemas de nuestros ríos, y con la pretensión y avidez que demuestran los planificadores para apresar los pocos que, como este Genal a quien Dios guarde muchos siglos, aún llevan sus aguas impolutas hasta el mar.

Pero a Dios rogando y con el mazo dando, dice el refrán castellano, así que, como entre contemplación, pensamiento y poesía se nos ha ido la mañana, el apetito nos reclama el merecido condumio que, no os preocupéis, queda muy cerca.

En el mismo puente, la Venta de San Juan ofrece un confortable comedor interior, con chimenea, o si lo preferís porque haga bueno, una terraza con vistas al río. Pedir de entrada unas chacinas a la brasa con un tinto de la tierra de Ronda, mientras os guisan un suculento conejo al ajillo, servido en cazuela de barro, y con una guarnición de patatas recién fritas. De postre podéis tomar unas naranjas mandarinas recién cogidas de algún cercano huerto.

Tras la charla de sobremesa, volveremos dirección Estepona y subimos hasta Jubrique, Jubri­quillo dicen aquí para distinguirlo de Ubrique, por aquello de la aspiración andaluza de la primera vocal, pero este distingo no hace demasiada gracia a los jubriqueños, que no admiten inferioridad alguna de su pueblo con respecto al de las petacas de piel.

Agarrado literalmente a la falda de Hoyones, JUBRIQUE, Xubriq, fue posiblemente mozarabía, pero más tarde debió tener poblamiento beréber y, tras la conquista cristiana, pasó a formar parte, junto con Genalguacil y el resto de las alquerías desaparecidas de la zona de Sierra Bermeja (Benestépar, Monarda, Benameda, Rotillas, Almarchal), al condado de Casares, bajo el Señorío de los Ponce de León.

La estructura urbanística de Jubrique conserva en gran medida el modelo musulmán de los asentamientos de ladera, con los viarios siguiendo las curvas de nivel, los caseríos superpuestos, y los enlaces a base de cuestas muy pinas y escaleras. Los modelos constructivos están algo más deteriorados, pues de nuevo encontramos construcciones de dudoso gusto, incluso las oficiales, lo que causa más estupor. No obstante, os recomiendo un paseo detallado por sus viarios, tras un café calentito en el bar de la plaza.

Si aún disponéis de luz podéis dar un paseo por la carretera de Faraján, que sale desde la parte alta del pueblo, donde encontraréis modelos del típico policultivo de los pueblos del Genal. A poco que caminéis, podréis hallar espacios con castaños, ciruelos y cerezos, bajo algún manchón de pinos, alcornoques o quejigos, y en la solana algunos olivos con almendros o higueras. Junto al arroyo, unos chopos que anuncian la existencia de un manantial o corriente, y claro, una alberca y algunos bancales con mandarinos y huerto. He aquí la esencia de este valle, ese jardín, por lo humano, natural, por lo conservado, que tan certeramente ha definido mi amigo el profesor Pérez Latorre.

Jubrique fue además el gran productor de vino de esta serranía, llegando a ocupar el viñedo hasta el 76% de la tierra cultivada antes de la filoxera, en el último tramo del siglo XIX. Como la producción de vino era superior a la demanda de la zona, los mostos se tornaban aguardientes, existiendo para ello lagares y alambiques repartidos por todas las casas de labor dispersas que aún hoy son visibles en el paisaje, lo que se canta en una copla que podéis leer en un panel de cerámica:

Los que gusten de catar
los zumos del alambique,
mejor no los tendrán
que en los pagos de Jubrique

Otra característica del pueblo es su singular habla, que nos recuerda vagamente la dulzura de la de los canarios, con un gracejo característico que se añade al particular ingenio en el actuar y discurrir de estas gentes, y que quizá son hijos del aislamiento a que este pueblo estuvo sometido hasta bien entrado el siglo XX.

Es la hora de la cena, que podéis hacer en el hotel Taha Baja, previo encargo. Luego volveremos hacia Genalguacil hasta nuestro alojamiento.

La jornada del domingo la dedicaremos al pinsapar de los Reales. A quince kilómetros de Jubrique, en dirección a Estepona, entre bosques de Pinus pinaster y los vertiginosos barrancos que las peridotitas disponen en su particular geomorfología, llegamos al Puerto de Peñas Blancas, justo en la divisoria de la Sierra y el mar. Siguiendo un carril asfaltado que sale a la derecha de la carretera (no el que va en dirección a Genal­guacil), llegamos al pinsapar, que está a unos cuatro kilómetros de este cruce. Allí dejaremos el coche y nos internaremos por una senda permitida hasta llegar al corazón del bosque, tras pasar un arroyo, donde existe una pequeña explanada. Recordad que estáis en un espacio protegido de extremada fragilidad, así que prohibido hacer fuego y tirar objetos.

Los pinsapos (Abies pinsapo) son abetos relícticos de épocas en que los climas de nuestra zona mediterránea eran más fríos, así que pueden ser considerados, si se me permite, como un fósil vivo. Este abetal, que comparte su rareza y singularidad con las masas de la Sierra de las Nieves y de Grazalema, éstas sobre dolomías y calizas, es aún más valioso por la composición del substrato, las tóxicas peridotitas, viéndose acompañado por una serie de endemismos como la Saxifraga gemmulosa, la Armeria colorata, Asplenium cuneifolium, con jarales y brezales de Cistus populifolius, Bunium alpinum, Erica scoparia, etc…

Luego volveremos al coche y seguiremos hasta la cumbre, donde desde un mirador podemos ver, si el día es claro, casi toda la Costa del Sol Occidental, Campo de Gibraltar y las montañas del Rif africano. Allí se hallan los monumentos de Edmond Boissier, el descubridor para la ciencia del pinsapo sobre peridotitas serpentinizadas, y de los malagueños Haens­seler y Prolongo, ilustres expertos en la ciencia botánica que descubrieron multitud de endemismos de estas abruptas serranías. Allí mismo podéis almorzar, en el refugio, con buen fuego y mejor carne.

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NOTAS

1. Havaral o Alto Genal. La voz proviene de Hawara, nombre de una tribu o linaje beréber.
2. Poljé. En geomorfología, nombre que se da en los relieves calcáreos a una zona subsistente o hundida, en forma más o menos alargada y llana tapizada por sedimentos.
3. La calaguala responde al nombre científico de Davallia canariensis, y es un helecho propio de latitudes y climas cálidos.
4. Los mudéjares (de mudayya, los que se quedan) son los moros que permanecen en sus pueblos y lugares tras la conquista cristiana. Sujetos a capitulación, viven en zonas de señorío, o en los realengos y, por lo general, pueden conservar sus bienes raíces, su lengua, religión y modos de vida, aunque se les prohibe hacer proselitismo. La rebelión de finales del siglo XV comienza en el Albaicín, Granada, por la política de conversiones llevada a cabo por el estamento religioso. En realidad, las capitulaciones no se cumplían casi nunca, tampoco por el lado musulmán, de ahí las continuas revueltas y el desarraigo posterior.

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Artículo de José Antonio Castillo Rodríguez publicado en el número 24 de la revista La Serranía en noviembre-diciembre de 2003.

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