En el diseño que vengo haciendo de los hijos preclaros de este pueblo, Alpandeire, me impuse un orden cronológico riguroso, siguiendo el cual aparece en esta Galería el médico don Francisco Duarte y Cortés.
Tengo a la vista las cuartillas que dediqué a su memoria en el acto de descubrir una lápida conmemorativa en la villa que este Ayuntamiento le ofreció, y no encontrando en mi pobre mente nuevas ideas con las que delinear el extinto, transcribo aquellas a continuación.
“Señoras, Señores: Fue peculiar y característico de todos los pueblos y de todos los tiempos el rendir homenaje a los muertos. Junto a la ciudad de los vivos levantábase solemne, la ciudad de los muertos: “La Necrópolis”. Sus edificaciones de mármoles y malaquitas fueron grandiosas. Los más notables artistas dedicaban a ellas toda la actividad. De sus amplias calles, erguíanse, en correctas alineaciones, largas filas de cipreses que hendían sus copas verdinegras en las nubes, como indicando el camino de la Eternidad, y cuando eran azotados por el viento, un pavoroso rumor dejábase oír, se diría entonaban un canto funeral, un arrullo triste, una caricia, a los que dormían bajo sus sombras el sueño helado de la muerte.
El pueblo egipcio fue el que más se distinguió en su culto a los que fueron; muchos siglos antes de Jesucristo dedicaba a aquéllos la más sublime obra de su literatura: ‘El Libro de los Muertos’; movidos por un fanatismo religioso, supieron poner tanto cariño y tanta ternura en sus cadáveres, que aún se conservan momificados a pesar de la formidable cantidad de años que sobre ellos gravita.
Los romanos, encerraban con veneración en urnas cinerarias los restos de sus ‘manes’. Porque ¿qué cosa más lógica y natural, señores, que seguir amando después de muertos, al padre que nos dio el ser, a la madre que nos nutrió con su propia sangre, al hijo que se llevó al cementerio trozos desgarrados de nuestro corazón, al amigo entrañable que nos abandonó para siempre? El terror absurdo que la muerte nos causa, nos hace huir del sepulcro; el miedo más horrible nos separa de la yacija oscura y estrecha en que reposan nuestros seres más queridos, como si tarde o temprano no tuviésemos que ir a hacerles compañía eterna. Bien considerada, la vida que tanto estimamos no es más que un mar encrespado, cuyas olas gigantes unas veces nos levantan sobre montañas, otras nos sepultan en profundos abismos, y este tenebroso mar, no tiene ni brinda más que un solo puerto, que es la muerte. Ved a lo que queda reducido el honor, la grandeza, el orgullo, la soberbia y la ambición de un hombre cuando cae su hora en la lenta clepsidra del destino. Nada hay firme en este mundo sino Dios; todo lo demás pasa y fenece, como pasa y fenece la densa columna de humo que va deshaciendo la más tenue corriente de aire.
Pues bien; ese impulso que decíamos reflejarse en todas las épocas y en todas las generaciones de reverenciar la memoria de sus antepasados, reúne hoy a los hijos de Alpandeire en dos actos: esta mañana, la Iglesia, siempre santa y piadosa, nos llamaba a su regazo con el lúgubre doblar de sus campanas y requería el sufragio de nuestras oraciones para el alma de su siervo Francisco que un año hace dejó de existir, y nos recordaba con glorias terrenas, se asientan la inmortalidad de todas las criaturas, por pobres y humildes que sean.
Esta tarde, un sentimiento de gratitud, una deuda sagrada, nos trae a la casa donde vivió y murió don Francisco Duarte, para testimoniar de una manera sensible, para plasmar, el reconocimiento y la admiración que su nombre nos inspira.
Yo quisiera corresponder a la magnitud de este acto con una ofrenda digna a la grandeza del hombre que se recuerda; lo deseo, no sólo por el éxito mío, que esto sería muy humano, sino porque siempre fui el entusiasta de su obra benéfica, y porque en todo momento le profesé un cariño franco y verdadero. Tengo que renunciar a este honor por carecer en absoluto de las condiciones literarias precisas; pero sí puedo asegurar que su muerte ha sido para nosotros una de esas desgracias que nos tocan muy de cerca, que nos ha herido hasta cierto punto como una calamidad doméstica.
Porque no hay un hogar en este pueblo en donde no se note su ausencia y adonde él no hubiese llevado la esperanza y la alegría; porque siempre tuvo palabras de consuelo para el afligido y porque para salvar a sus enfermos no omitió medio, no desmayó jamás; cuando la entidad morbosa no obedecía a su plan curativo, empleaba los más recientes procedimientos y siempre dedicó a aquellos una frase cariñosa, una sonrisa que les animaba y les hacía olvidar la idea de la muerte, aunque su ojo clínico la vislumbrase tras la cabecera del lecho.
Y vosotras, madres de familia, ¿cuánto no le debéis? ¿A cuántas os libró de una muerte segura en los momentos supremos de traer un hijo a la vida? Mi desventurada madre sucumbió en la flor de sus años porque él no pudo restarle sus auxilios poderosos; fue una víctima que cayó abrazada a los deberes maternales; a ese gran misterio que eterniza la Humanidad. ¡Bendito sea su nombre!
El médico Duarte fue hombre de una volundad férrea; hijo de padres modestos, supo vencer todas las dificultades hasta conseguir el triunfo. En el Instituto de Segunda Enseñanza de Jerez de la Frontera, siendo mancebo de una farmacia, obtuvo el grado de Bachiller, y dedicando al estudio las horas que robaba al sueño y al descanso, consiguió licenciarse en la Facultad de Medicina de Cádiz con notas de sobresaliente, mereciendo la estimación de aquel Claustro de profesores y el cariño de sus compañeros. Era el prototipo del caballero cristiano, de padre amantísimo, ejemplar, especie de brillante, en cada una de cuyas facetas refulgían las más bellas prendas morales, a las que unía las físicas más perfectas; de alta estatura, bien proporcionado, de andar majestuoso, de modales distinguidos, gustaba vestir con pulcritud esmerada, y cuando apoyado en su inseparable bastón cruzaba nuestras calles, diríase las llenaba con su figura arrogante y simpática.
Nuestro ilustre Ayuntamiento, interpretando fielmente el deseo unánime y queriendo premiar la labor del finado, ha acordado en su honor: Primero, que la calle de Cantarranas lleve el nombre de Doctor Duarte y Cortés; Segundo, fijar sobre la fachada principal de la casa en que ocurrió su óbito una lápida con sentida inscripción para que las generaciones futuras sepan que allí vivió un hombre bueno y santo que se llamó don Francisco; y Tercero, nombrarle hijo predilecto de este pueblo que fue su cuna, títulos que su familia sabrá guardar como preciadas joyas en el altar de sus recuerdos.
No quiero cansaros más, señores; sólo me resta suplicaros que no os olvidéis de dirigir vuestro pensamiento al Cielo, en donde nuestro llorado facultativo habrá encontrado el lugar de la luz y del refrigerio de que hablan las Santas Escrituras y pedirle que ruegue al Altísimo para que la paz de Cristo reine en este pueblo y para que sus hombres se amen y protejan, como hermanos que son en la gran familia universal.
He dicho. 14 de diciembre de 1924.”
.
Artículo de Diego Vázquez Otero publicado en el número 25 de la revista La Serranía en marzo-abril de 2004, extraído de su libro Alpandeire histórico y sus hijos predilectos (1928).