En recuerdo de mi camarada Antonio Díaz Morant
El puerto de Encinas Borrachas constituye, como su nombre indica, un umbral que a una altura de 1.000 m. comunica la meseta de Ronda con la cuenca del río Genal, a través del arroyo Audalázar, encajado entre esculturales y desnudos relieves de calizas que conforman la vertiente occidental del propio puerto. Sin embargo, lo primero que llama la atención es el propio nombre del puerto, que siempre ha excitado la imaginación acerca del significado de tan singular nombre, acrecentada por la propia desnudez del puerto en cuanto a vegetación se refiere, incluyendo las encinas presentes en el nombre. Como suele suceder, la solución al enigma del nombre tienen su explicación en el paso del tiempo y en las trasformaciones que la acción humana ha causado en ese medio concreto, en especial en los últimos siglos, cuando esa acción ha provocado tan intensos cambios que hace irreconocible la toponimia que empleamos, permaneciendo como un recordatorio de las consecuencias de nuestras acciones, tal vez como advertencia de que nuestra percepción del medio en que vivimos no se corresponde con la que siempre tuvo, en este caso, nuestro puerto y sus inmediaciones.
Habría, pues, que imaginar estas escarpadas laderas cubiertas por espesas masas de encinas y los riscos calizos desnudos recortándose contra el cielo. En el llano un grupo de encinas, más aclaradas y sin sotobosque, a diferencia de las laderas, y de formas retorcidas y ladeadas (podríamos decir como borrachas) por la acción de los vientos que ascienden por el fondo del valle y azotan con especial fuerza estas zonas altas, hoy impresionantemente huérfanas de toda vegetación. Y es que la mayor transformación de toda la cuenca del Audalázar y de la cabecera del Genal, tiene unas fechas y causas muy concretas como es la época en la que la intensificación de la minería del hierro en base a las explotaciones de la zona de “los perdigones”, una de las bases metálicas férricas de la “hojalata”, producida en la fabrica de Júzcar, construida y en funcionamiento a lo largo del siglo XVIII.
La herencia de tan efímera como precoz historia industrial de la zona, en base ni más ni menos que a la siderurgia, es un majestuoso y desolado paisaje que hace difícil visualizar cualquier acercamiento a la historia del puerto de Encinas Borrachas y a las huellas que en él aún podemos encontrar de su pasado papel de lugar de comunicación, cuando hoy todo nos sugiere separación o al menos cambio entre el tortuoso y salvaje “mar verde” que es el resto de la cuenca del Genal (por mucho que los responsables de las obras públicas se empeñen en convertirlo en un mar artificial de agua embalsada, en nombre de intereses generales, cuando en realidad se hace como gerentes de intereses privados y testaferros de especuladores de los bienes públicos y de los recursos tradicionales de los habitantes de la zona) y el cada vez más urbanizado panorama de la depresión rondeña, donde operaciones de tan dudosa política de desarrollo sostenible como la urbanización de la “Planilla” (pienso que incluso de una legalidad torticera y nada inocente, que pretende ampliarse en un inminente nuevo P.G.O.U.) y la, en marcha, urbanización descontrolada y abusiva del Arroyo de las Culebras.
La comunicación/aislamiento de dos mundos tan diferentes como la naturaleza más o menos transformadas por cultivos arbóreos compatibles con el medio del Genal y el entorno periurbano de Ronda donde el valor fundamental de integración con un medio tan singular como el que la rodea ha sido repetida y, tal vez, irremediablemente atacado, no ha sido siempre así y aunque haciendo ese considerable esfuerzo de imaginación podríamos entrever que el panorama que podemos encontrar en la subida desde Ronda hacia el puerto, donde las encinas y el espeso matorral que las acompañan y que también puede entreverse en algún lugar concreto de la bajada por la cara del valle del Genal, sería el que predominaría en todo el puerto y en sus vertientes, con lugares más o menos abiertos, donde los pastos para los herbívoros serían una de sus riquezas más explotables. En ese ambiente se instalaron una serie de sepulcros megalíticos, de los que se conservan o conocen tres que jalonan la cabecera del Audalázar, los del Cortijo de la Mimbre, Fuente de Piedra y Encinas Borrachas, marcando una línea que muestra el acceso más practicable para franquear el puerto desde su cara occidental, hasta dar vista a la depresión rondeña. Algunos de los sepulcros, todos en forma de galería con planta básicamente rectangular, fueron dados a conocer en 1946 por Simeón Jiménez Reyna, y el resto fueron excavados por miembros de la Universidad de Málaga, estando los dos últimos muy saqueados y sin conservar apenas información, aunque el situado en el llano de Encinas Borrachas permitió saber que entre los inhumados en esta tumba colectiva había, al menos, 5 individuos (tres hombres y dos mujeres), con datos tan curiosos como la existencia de una fractura ósea posteriormente consolidada o la caída de piezas dentales anteriores a la muerte, según la información proporcionada por la antropóloga Silvia Jiménez Brobeil de la Universidad de Granada. Sin embargo, el dolmen de la Mimbre proporcionó una información más completa, aunque también, por desgracia, fragmentaria, ya que conservaba 7 puntas de flecha, cinco de sílex y dos en una materia prima tan poco frecuente como hermosa: el cristal de roca, que estaban acompañadas por dos pequeños núcleos, también de cristal de roca, para hojitas, completando el ajuar conservado dos fragmentos de láminas de sílex, algunos fragmentos de cerámica a mano y muy escasos y fragmentarios restos óseos, que además no han sido estudiados. Estos sepulcros colectivos son la primera indicación del uso habitual del puerto como zona de comunicación de unas poblaciones móviles del tercer milenio antes de Cristo, posiblemente pastores que transitan con sus ganados desde la depresión de Ronda al valle del Genal para acceder a sus pastos y otros recursos en movimientos de trasterminancia estacional. No debemos olvidar que de esta misma época se conoce la existencia de un asentamiento, no permanente, en la propia ciudad de Ronda al que corresponde una necrópolis megalítica situada en la Planilla.
La siguiente huella del uso del puerto ha sido adjudicada a época romana en que se fechan restos de un camino, que aún conserva su traza unos metros ladera abajo de la actual carretera, considerados por Carlos Gozalbes Cravioto como medieval, pero coincidente con la vía romana que unía Carteia con Acinipo, aunque nosotros tenemos reservas sobre la fechación de los restos conservados, pero no del trazado de esa vía por este puerto. La existencia de empedrados en el Tajo del Abanico, continuándose por el arroyo de los Chopillos hasta el puerto de Encinas Borrachas, estos también considerados por muchos como romanos, ha servido de base a la idea del trazado de la calzada romana del campo de Gibraltar a Acinipo-Arunda, sin embargo, sin descartar ese trazado como el más probable para cualquier vía directa depresión de Ronda desembocadura del Guadiaro (Barbesula romana), la materialidad de lo conservado no puede remontarse más que a caminos de herradura de época moderna.
El papel fundamental de comunicación que siempre ha caracterizado al puerto, mantenido durante toda la etapa andalusí (época medieval), en la que el valle del Genal se convierte en el Havaral de Ronda, va a continuar en época moderna, pero el sentido de vertebración que podía tener la comunicación realizada a través del puerto sufre una considerable transformación, pues con la conquista cristiana de la Serranía de Ronda, el Havaral se convierte en el gueto donde son confinados los moriscos desde fines del siglo XV a comienzos del XVII, constituyéndose en la vía de aislamiento/comunicación de dos culturas diferentes, aunque ambas practicadas por hijos de la ya denominada España, una España intolerante y excluyente. La existencia de torres de vigía y fortificaciones no muy lejos del puerto (Torre de El Conio, fortificación de Ambereg, Alpandeire) son buena muestra de esa separación, “unida” por el puerto de Encinas Borrachas. La sublevación de los moriscos, estudiada y publicada, entre otros, por nuestro querido y añorado amigo Antonio Díaz Morant, termina con la definitiva expulsión y la asimilación de los que permanecieron, integrándose el valle del Genal en esa nueva comarca, católica y monárquica, que ya será hasta la actualidad la Serranía de Ronda, pero en la que el Puerto de Encinas Borrachas, con su actual fisonomía, continúa trasmitiendo una sensación ambigua de comunicación de mundos, tal vez imaginarios, claramente diferentes en su pasado más inmediato, pasado que ha engendrado la idea, podríamos decir tópica, como creo compartiría Pilar Ordóñez, de la pervivencia de un mundo morisco fosilizado frente a una depresión rondeña abierta a la “modernidad” castellana. Sin embargo, ese mismo puerto es la vía por la que la mayoría de los viajeros románticos descubren a la ensimismada Ronda y la proyectan a Europa, con sus relatos llenos de fantasías, expectativas aventureras y, desde luego, literatura poética, inaugurando algo que puede contribuir a la paradoja que está detrás de esa sensación de ambigüedad, la conexión con el presente internacionalizado y europeizante, llega a la Serranía remontando el Genal a través de los viajeros decimonónicos, exploradores avanzados de la colonización turística, pero de turistas que llegan para quedarse como nuevos propietarios, con sus usos y costumbres (chalets, alambradas, reservas de aguas embalsadas, etc.) transformando las remanencias de una explotación de la naturaleza razonablemente armónica con el medio y sus posibilidades.
El último episodio para hacer del puerto de Encinas Borrachas un lugar privilegiado de comunicación, ahora en la era postmoderna, ha comenzado y su expresión más evidente, la tecnología, amenaza con llenarnos el paraje de antenas de telefonía móvil, repetidores de telecomunicaciones (con el traslado de las existentes en el Fuerte, dentro del casco urbano de Ronda), generadores de energía eólica, que además de dotar al paraje de toda la iconografía postmoderna, en la que la naturaleza es totalmente adjetivada por la cultura (o su sustituto contemporáneo: la tecnología), permiten favorecer la comunicación, pero ya virtual e individual, resolviendo para el puerto la dualidad comunicación/aislamiento a favor del aislamiento en un doble sentido: aislamiento de la naturaleza y de la integración que la sociedad consiguió con ella a través del devenir histórico, y aislamiento entre los habitantes de esos mundos relacionados hasta ahora por el puerto, que en su concepción actual individualista del espacio y las comunicaciones han hecho de él algo metafórico.
.
.
Artículo de Pedro Aguayo de Hoyos publicado en el número 18 de la revista La Serranía en septiembre-octubre de 2002.