Comenzamos en este número una nueva sección en la que damos a conocer las leyendas de nuestros pueblos. Para ello, iremos publicando las leyenda que Don Diego Vázquez Otero, gran estudioso de esta materia e historiador, publicó en sus “Leyendas y Tradiciones Malagueñas”.
En esta ocasión traemos la leyenda del Tesoro de Pospitara, un despoblado del término municipal de Alpandeire.
El Tesoro de Pospitara
Es un pueblo andaluza blanco de cal y lleno sol, y es un día del estío del año 1598.
Por una calleja del mismo, empinada, larga y estrecha como la vida del pobre, camina un hombre de edad provecta, al parecer mendigo, con indumento mitad morisco mitad cristiano. Es de regular estatura, algo cargado de espaldas, la barba espesa y crespa le come gran parte del rostro y le da aspecto de bandido de montaña. Los zaragüelles que usa están rotos y lo mismo el ferreruelo, agujereado y lleno de girones. Toca una gaita gallega, y con el fez en la mano, implora la caridad después de cantar sus tonadas, o de ejecutar su música dulzona. Le sigue toda la chiquillería de Pandeire, que así se llamaba en lo antiguo el lugar que nos ocupa, ávida de oír las notas cadenciosas y la voz gutural del pordiosero, así como de contemplar aquel instrumento raro y nunca visto por ellos: compuesto de un pellejo al que estaba cogida una flauta con sus agujeros, donde pulsaba el viejo los dedos sarmentosos y un cañón largo con un canuto en la parte superior del cuero por donde el aire entraba.
Después de recorrer el pueblo y llenar muy cumplidamente su fardel con las limosnas recibidas, pregunta a todos, con insistencia, por la situación de la aldea de Pospitara, por su fuente, y por los caminos que hasta ella conducen.
Los vecinos no dan importancia a estas preguntas, pues suponen que ellas obedecen al deseo del anciano de llegar hasta allí para seguir pidiendo limosnas.
En esto viene la noche que envuelve con sus negros crespones al lugarejo, y nuestro músico, se acoge en un establo que existía a la salida del mismo, en el barrio bajo, cerca del camino que va a Pospitara.
Al filo de la media noche, cuando los gallos habían dado sus primeros alertas, cuando calcula nuestro hombre que todos duermen, deja, recatadamente, su albergue y provisto de una azada que habrá encontrado en él, se encamina hacia la mencionada aldea.
Anda cauteloso, sin producir ruidos, quiere a todo trance no ser visto por nadie en el éxodo misterioso que emprende. A cada paso se detiene para observar si algún trasnochador le sigue o le espía. Al fin llega a Pospitara que encuentra encalmada y silenciosa.
Recurre al terreno en todas direcciones en busca de la fuente. Una vez encontrada, mide hacia la derecha de ella treinta pasos. Después cava y remueve la tierra de una manera intensa y afanosa, llegando hasta el cansancio y la fatiga. De vez en cuando, suspende el trabajo y mira a su alrededor, y, al convencerse que nadie le observa, prosigue su tarea con nuevos bríos. Agotado y casi extenuado, se apoya sobre el mango de la azada y parece meditar. Reflexiona. ¿Será víctima de algún engaño, se pregunta? ¿Se le habrá anticipado otro en la búsqueda y habrá rescatado el tesoro de sus ensueños?…
A pesar del desaliento que le producen estas ideas, prosigue, tenazmente, su labro. De pronto, lanza un grito de alegría, una exclamación de triunfo: la herramienta ha roto una vasija de barro.
Aparta la tierra con ansiedad y pronto, el fulgor de las monedas de oro y plata y el brillo de los pendientes y collares enjoyados deslumbran sus ojos. Al fin ha encontrado lo que con tanto anhelo buscaba. Da por bien empleadas las jornadas largas, duras y penosas; los sudores, los sacrificios, y las privaciones sufridas porque ya posee el tesoro de sus mayores. Llena precipitadamente su mochila y sus bolsos y emprende la marcha, rápido como el gamo, al través de los breñales por los cuales desaparece. Algunos días después, labradores de aquellas cercanías pudieron apreciar que a poca distancia de la fuente había sido extraído un tesoro. Encontraron unas tinajas desenterradas que habían sido los receptáculos del mismo, algunas monedas de oro y plata, oro pulverizado, y una azada, todo ello esparcido por la tierra removida. Después de este hecho, nadie volvió a ver al músico misterioso.
Esta leyenda que todavía refiere en Alpandeire, el antiguo Pandeire, tiene su origen y fundamento en el siguiente sucedido histórico que tuvo por escenario aquellas mismas tierras.
Sofocado el segundo alzamiento de los moriscos del reino de Granada por Don Juan de Austria, recibió éste una orden de su hermano el rey Don Felipe, fechada en Madrid el 28 de octubre de 1570, en la cual disponía fuesen sacados del mencionado reino granadino, todos los moriscos, así los de paz, como los sometidos, para internarlos en Castilla y otras regiones del interior.
Los de las Serranías de Ronda y de Marbella que habían permanecido pacíficos durante las dos campañas se vieron también obligados a salir de sus casas y heredades para ser repartidos por las provincias de Extremadura y Galicia.
En día primero de noviembre del expresado año, todos los moros comprendidos entre los diez a los sesenta años de edad, se vieron obligados a concentrarse en las iglesias de los lugares señalados para ser conducidos desde allí, en grupos de a mil quinientos, con una escolta de arcabuzeros, a los puntos a que habían sido destinados. La orden se ejecutó sin dificultad en algunas partes, con excesos y desórdenes en otras; los expatriados llevaban consigo sus ropas y alhajas y muchos, ocultaron en los campos las riquezas que no pudieron llevar consigo.
Una vez más la tradición concuerda con la verdad histórica.
El viaje desde Galicia disfrazado de mendigo, del viejo músico de esta leyenda, tenía por objeto, utilizar las señales fijas que le habían dado sus parientes, para sacar de Pospitara el tesoro que dejaron oculto para librarlo de la rapacidad, cuando fueron desterrados, y para lo cual, tomaba por punto de referencia la fuente.
Hemos recorrido el sitio en donde estuvo Pospitara, asentada a unos cuatro kilómetros al Suroeste de Alpandeire.
Nada se sabe de quienes fueran sus primeros habitantes. Lo cierto es que estaba poblada por moros en 1485, cuando la reconquista de Ronda, y que después figuraba como anejo de la citada villa, según se desprende de los libros y documentos que se custodiaban en el archivo de la misma.
Los restos que de ella quedan se reducen a multitud de caserones, infinitos trozos de ladrillos, tejas, restos de cerámica, como tinajones y vasijas de uso doméstico de los cuales está sembrado el suelo. También se han encontrado espadas y gumías y pipas para fumar el kifi.
El poblado se recostaba en la falda del monte que empieza en el Peñoncillo, en cuya cumbre se levanta un monolito natural, una roca picuda e inhiesta, especie de galayo con escalinata practicada en a misma piedra que sirvió de atalaya y alminar, desde donde el almuédano, convocaba a la oración a los musulmanes que, abajo, en la hondonada, en los huertos floridos, en los bancales bien labrados, que fecundan las aguas de dos copiosos nacimientos, trajinaban en las aceñas y en las pacerlas de terreno, a las que hacían producir las más espléndidas cosechas.
El sistema de irrigación y el de distribución de aguas en los siete días de la semana, es todavía el implantado por aquellos hombres consagrados al cultivo y mejoramiento de los campos y el ejercicio y desarrollo de las industrias que, llegaron a ser importantísimas, sobre todo en el ramo de la seda, cerámica, tejidos y otros.
El panorama que se descubre desde la mencionada roca es magnífico. Al Noroeste, levanta su mole pardusca la sierra de Jarastepar con sus innumerables ramificaciones. Un rumor de agua que se despeña desde el fondo de los barrancos, nos hace mirar hacia abajo. Tenemos a nuestros pies uno de los paisajes más bellos y originales que la mente puede imaginar. Contemplamos las Cuevas, habitadas, seguramente, por el hombre troglodita y por los que a éste sucedieron; con sus amplias y bien labradas estancias; con sus cortinajes de yedras y sus doseles de arbustos, donde los ruiseñores cuelgan sus nidos. Admiramos las huertas con sus caseríos y molinos blancos, los saltos de agua, los estanques de cristal, cuyas superficies besan las golondrinas; los regatos cantarines y arboledas vigorosas en donde una variedad espléndida de aves cantan, anidan y revuelan: en una palabra, aquello es la Naturaleza poetizada hasta lo sublime.
El acceso desde el pie es completamente imposible; por lo que esta parte constituía su más eficaz defensa; luego, sigue un roquedal, y a continuación de éste, se extendía el pueblo.
Al Suroeste debió estar circunvalado por un murallón que llega hasta la fuente, cuyos cimientos aún se advierten.
El cementerio estuvo situado al Sur, a unos cincuenta metros de poblado. En el, se encuentran restos humanos que acusan la estatura de aquellos hombres. Sobre los cadáveres colocaban unas losas blancas y rectangulares que indican los enterramientos.
El vecindario de Alpandeire, estuvo guarecido en estas ruinas durante las negociaciones de paz establecidas en 1810 entre el general francés Atavenci, y el regidor de la expresada villa, don Antonio Tomás Cortés, cuando la Guerra de la Independencia.
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Artículo de Diego Vázquez Otero publicado en el número 16 de la revista La Serranía en mayo-junio de 2002.