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Un universitario de nuestro pueblo

Desde esta revista se me propuso expresar mi opinión al respecto de diversas cuestiones que nos atañen a los jóvenes y más concretamente a la juventud del Valle del Genal. Es lo que me propongo con lo que sigue, sin pretender nada más que dar a conocer una visión, la mía, sobre ciertos temas que puede ser o no compartida pero que espero, no obstante, anime a la reflexión y la discusión sana.

Tengo 25 años, soy licenciado en psicología y actualmente realizo estudios de doctorado en la Universidad de Málaga. Elegí esta especialidad simplemente porque era lo que más me gustaba y a lo que quería y quiero dedicarme profesional-mente en un futuro. Aunque aún no he completado mi formación, me encuentro en paro, pero eso no me hace pensar que mi decisión no fuese correcta.

UNIVERSIDAD. Tiene esta palabra una especie de halo de grandilocuencia que la rodea ¿verdad? Sobre todo para aquellos que por circunstancias adversas no tuvieron la posibilidad de acceder a ella y, en muchos casos, ni tan siquiera de completar estudios primarios. Esto, unido al desconocimiento de la realidad de lo que es y ofrece, hace que muchos al cumplir los 18 años nos embarquemos en unos estudios universitarios sin saber muy bien lo que vamos a encontrarnos y presionados en ocasiones por los padres que no pudieron estudiar y que aún piensan que sin una carrera no se puede lograr nada realmente digno de provecho hoy por hoy. Puede que tengan razón, pero esta opinión es discutible; más de la midad de quienes inician estudios en la universidad no los finalizan y un porcentaje muy alto de los que los concluyen acaban trabajando en algo que poco o nada tiene que ver con lo que estudió.

Quizás sea hora de derribar algunos mitos y pensar en otras posibilidades como por ejemplo la Formación Profesional. Si bien ésta no gozaba de demasiado prestigio no hace tantos años, lo cierto es que, con su reciente renovación, oferta multitud de titulaciones con altas posibilidades de integración en el mercado laboral y mejor remuneradas, en muchos casos, que las plazas a las que optan licenciados o diplomados.

En fin, creo que a la hora de escoger a los que se convertirán en sus alumnos; atendiendo, eso sí, a criterios exclusivamente académicos a la hora de realizar esa selección. Se ahorraría tiempo y dinero y existiría una garantía de consecución de empleo para quienes finalizan sus estudios. Aunque siendo un poco sarcástico, la Universidad se ha convertido en un perfecto mecanismo de control, en una forma de tener «calladito» a una gran masa social que de otro modo se encontraría engrosando la lista de parados.

El periodo de formación que se exige a un joven antes de conseguir un primer empleo (y por ende de emanciparse o, cuando menos, de lograr cierta independencia económica) se alarga para aquellos que optan por estudiar, la sociedad demanda profesionales cada vez más especializados y por ello masters, doctorados, cursos de idiomas, informática, etc., se hacen casi imprescindibles.

Alguien podría decir que muchas empresas se encargan de proporcionar al personal que contratan la formación necesaria para que desempeñen adecuadamente el trabajo para el que es requerido. Bien, pero tal vez esto sólo sea muestra del desajuste entre lo que pide la sociedad y lo que ofrece una universidad que se supone debería ser motor de desarrollo de la primera.

En cierto modo, los jóvenes de estos pueblos nos hemos convertido en privilegiados. Me explico: disfrutamos de un entorno más sano física y psíquicamente hablando, la mayoría nos hemos movido por ciudades y sabemos adaptarnos a sus exigencias sin demasiados problemas (cosa que no ocurre tan frecuentemente en el caso contrario), en definitiva, que podemos aprovechar lo bueno que nos ofrecen ambos medios.

Por ello, el completar en una ciudad una formación a la que nos es imposible acceder desde nuestros pueblos no debe suponer ningún obstáculo, aunque se puede olvidar que la carga económica que a veces esto supone hace que muchos familiares desistan de su empeño.

Lo realmente complicado viene cuando una vez preparados, se quiere trabajar en el pueblo de origen. Aquí entra otra vez el desajuste del que hablamos con anterioridad. Lograr un trabajo en uno de nuestros pueblos exige (si pretendemos emplear nuestro esfuerzo en algo novedoso) conocer lo que puede ofrecer nuestro entorno y, al tiempo, sus necesidades. Por ejemplo, el turismo rural, la agricultura ecológica, pueden ser dos filones provechosos. Seguro que existen las ideas pero, ¿y la iniciativa? La iniciativa es enemiga de la comodidad y sin duda es cierto que nuestra vida es cada vez más «cómoda». Al menos, si dentro de este concepto incluimos aspectos como el grado de accesibilidad a ciertos artículos de consumo (desde ropa a telefonía móvil) o el hecho de que cada vez se retrase más la edad a la que nos indepen-dizamos y nos marchamos de casa de nuestros padres.

Aún así, todos conocemos ejemplos de negocios puestos en marcha por gente joven y que se encuentran funcionando en nuestros pueblos.

Es probable, sin embargo, que se necesite más información (en cuanto a subvención y gestión por ejemplo) y estímulo por parte de las instituciones públicas para que surjan más empresas de este tipo.

Porque, siendo objetivos, en cualquiera de los pueblos del Genal, además de empleo, sólo se necesita una cosa para conseguir una calidad de vida superior con mucho a la de una ciudad: posibilidades en las que ocupar nuestro tiempo de ocio. Es ésta una cuestión de difícil solución. Actividades como el asociacionismo, el deporte (ambas presentes en algunos de nuestros pueblos) o el convertir nuestro tiempo libre en un trabajo de fin de semana orientado, por ejemplo, hacia el turismo rural, funciona en otros lugares de manera muy positiva. Necesitamos algo más que una tele o un bar para pasar el rato, si no, corremos el riesgo de convertirnos en entes sin metas, sin imaginación, sin ideas… y entonces ya no seremos jóvenes.

La sociedad, aún en nuestros pueblos, cambia por momentos: nuevas tecnologías, nuevas formas de relaciones, nuevos problemas…Todo en algún momento nos hemos sentido un poco perdidos en medio de la época que nos ha tocado vivir. Lograr el desarrollo de una visión auténtica con todo lo que nos rodea es básico para no sentirse fuera de lugar y no dejarse llevar por aspectos tan cotidianos de nuestro mundo como por la publicidad y que, sin embargo, están en la raíz de enfermedades como la anorexia. La drogadicción, la intolerancia y el «pasotismo» surgen como mecanismos de defensa ante unos cambios sociales, a veces demasiado rápidos, que no siempre se consiguen asimilar con facilidad.

Para terminar, decir que hay algo que todos podemos hacer para mantener una mentalidad saludable dentro de lo posible: simplemente, intentar ser más optimistas. Si, ya, es de «pero-grullo», pero es cierto que en muchas ocasiones dejamos que los problemas u otras personas nos amarguen la vida en lugar de hacerles frente. Si sólo vemos lo negativo de nuestras vidas podemos vernos encerrados en un peligroso círculo y seguro que si miramos bien, todos tenemos cien buenas razones para levantarnos y seguir adelante todas las mañanas. Centrémonos en lo bonito y que se amargue otr@ ¿no?

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Artículo de David Mena publicado en el número 8 de la revista La Serranía en enero-febrero 2001.

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