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El duende de Alpandeire

Todos hemos oído hablar del duende, y ninguno lo hemos visto. Pasa como con las brujas de las que hablan los gallegos. Y sin embargo, Alpandeire tiene duende, como lo tiene toda la Serranía. Vean si no qué es lo que hace que tantos y tantos forasteros acudamos a su cita semanal, desplazándonos varias docenas de kilómetros. Y los que no pueden hacerlo con tanta frecuencia, es raro que pasen un año sin venir a sus fiestas.

Amanecer en Alpandeire

Amanecer en Alpandeire

Puede ser que se trate de los efluvios de santidad que el abuelete Fray Leopoldo ha dejado flotando sobre su tierra, o los del aristócrata pobre San Roque, o el embrujo de sus calles retorcidas y de sus antiquísimas casas. Yo no lo sé, pero sus casas o su Iglesia, sus gentes o sus fiestas, todo tiene algo que atrae irresistiblemente por encima de las limitaciones que todo pueblecito pequeño necesariamente impone. ¿No es digno de meditación y meditación para todos los gustos que Alpandeire se convierta en una pequeña Babel lingüística cuando se acerca la fiesta de su Patrón?

Y es que Alpandeire tiene duende. Díganme si no, por qué su nombre suena en cualquier rincón de España y del Mundo, y no sólo por las virtudes de nuestro santo frailecito, que como nos descuidemos va a parecer tan granadino que se va a olvidar que nació, vivió y trabajó aquí. ¡Hasta un grupo de investigadores sevillanos esconden sus nombres bajo el eufónico Alpandeire!

¿Veis? ¡Es el duende, el duendecillo de Alpandeire, que entre saltos y cabrilas se preocupa de ensalzar, -digo ensalzar-, de descubrir lo nuestro a quien no lo ha visto.

Típico rincón de Alpandeire

Típico rincón de Alpandeire

Y esa es nuestra responsabilidad: que las próximas generaciones reciban de nosotros el encanto y el embrujo que, si no aumentamos, tampoco seguimos. Nuestra responsabilidad que no puede eludir bajo ningún pretexto, como no la eludieron nuestros mayores. ¿Será posible que haya quien no sepa leer en los caminos empedrados que nos dejaron nuestros padres, en la catedral que nos construyeron, admiración de tantos y envidia de extraños?

Mantengamos Alpandeire en condiciones de que en él siga morando su duende, ese que se nos manifiesta en el bullicio juvenil y en la parsimonía del mayor que cuenta sus hazañas en las sombras de los almendros de su carretera, en las algarabías de los pequeños o en las coherentes incongruencias de nuestros escasos pero simpáticos aguardenteros.

Porque eso es Alpandeire, con sus penas y sus alegrías, con sus virtudes y sus defectos, como nos lo entregaron nuestros mayores, y como nosotros, aunque nos cueste, debemos mantener y entregar a nuestros hijos. Con su Duende incluido.

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Artículo de José Herrera Rodas publicado en el número 6 de la revista El Genal en noviembre de 2000.

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