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En memoria de Antonio Díaz Morant, un serrano cabal

La figura de Antonio Díaz Morant es para mí algo más que la de un buen amigo que nos dejó hace unos años. Sin que pueda tomarse como una exageración, propia de un escrito como éste, parte de lo que soy, en sentido profesional e intelectual, se lo debo a su persona, lo que no es sólo una mera casualidad por cruzarse nuestras vidas hace ya bastantes años. Antonio coincidió y, en alguna medida, significó el despertar intelectual de una serie de personas que como yo, cuando lo conocimos, teníamos esa edad decisiva en la vida de los 14 a los 17 años. Despertar en una serie de aspectos que, al menos, en mi caso resultaron decisivos. Él supo trasmitirnos, en esos momentos, dos cualidades fundamentales para nuestro futuro como personas: por un lado el entusiasmo, porque no la pasión, por lo que hacíamos; por otro, la curiosidad y el sentido crítico hacia todo lo que nos rodeaba. Y eso tenía en aquellos momentos un especial mérito, sólo achacable a su personalidad, si tenemos en cuenta que lo que nos rodeaba era la España franquista vista y vivida desde la Organización Juvenil Española (O.J.E.), organización en la que compartimos, en la segunda mitad de los sesenta, aficiones, inquietudes y formación (tan distinta y distante de la que allí se perseguía).

Antonio Díaz Morant

Antonio Díaz Morant

Pero en ese ambiente saber convertir las inquietudes, curiosidad, y necesidades intelectuales de quienes le rodeábamos, en rebeldía, autoafirmación y necesidad de cambio de la sociedad de la que formábamos parte, sin caer en la zafiedad, seguidísmo y enajenación mental, que se predicaba y practicaba por doquier, sólo era posible en una persona que, como Antonio, ya mostraba lo que luego, en su trayectoria profesional, serían sus más importantes valores: la capacidad didáctica, la infinita curiosidad y el posicionamiento frente a la injusticia social. Su carrera como maestro y su trabajo de investigador son el mejor aval para que esta afirmación no sea una mera figura retórica en el marco de un panegírico al uso.

Su vocación didáctica era, ya entonces, la búsqueda de respuestas desde la imaginación y la iniciativa. La fundación del grupo de arqueología de la O.J.E. rondeña (1966), con la cesión de un pequeño local, mitad laboratorio, mitad exposición de piezas arqueológicas de la comarca, supusieron el germen de lo que con el tiempo debería llegar a ser el museo arqueológico de la Serranía. Pero a diferencia de otras iniciativas similares de la época, el grupo no tenía la vocación del coleccionismo y la anticuaría de operaciones rescates varias o de otras iniciativas privadas o públicas relacionadas con el patrimonio arqueológico e histórico. Para Antonio y los que lo rodeábamos la investigación arqueológica era una indagación sobre el pasado con un método riguroso y disciplinado, en conexión con los arqueólogos académicos de la época. La participación en campañas de excavación como las del yacimiento fenicio de la desembocadura del río Guadalhorce, Cerro del Villar, Málaga, con el grupo de arqueología de la O.J.E. de Málaga, en 1966, bajo la dirección de D. Antonio Arribas Palau o en Ategua (Castro del Río, Córdoba), en 1967, junto a otros miembros de la misma organización juvenil venidos de todo el país, dirigidos por D. Antonio Blanco Frijeiro, supusieron la iniciación en el trabajo de campo y de laboratorio, del que saldrían intervenciones arqueológicas propias, con la dignidad y la metodología que desarrollaban la arqueología oficial de la época.

De las actividades realizadas por aquel grupo de entusiastas muchachos, bajo la guía de Antonio, el contacto con la realidad de la comarca, favorecida por la actividad arqueológica, casi siempre enmarcada por ese medio natural, supuso la iniciación (en sentido iniciático) en el conocimiento y aprecio de nuestra comarca, con una intensidad y dedicación, a veces desmedida, pero que marcaría nuestras vidas, de forma que, en su caso, y en el de los demás, la continuidad e intensidad en la relación con nuestra comarca, con su medio y su historia se convirtieron en una parte esencial de todos nosotros. Aún recuerdo como parte de los momentos más intensos y placenteros de mi vida fueron las noches bajo las estrellas, o en cortijos, albergues o tiendas, cuando las condiciones climáticas lo requerían, pues nuestra presencia en la naturaleza no estaba condicionada por estaciones, días de la semana o épocas del año. Mi descubrimiento de los lugares y paisajes más singulares de nuestra comarca como el Valle del Genal, fue fruto de estas actividades (nunca podré olvidar la Semana Santa pasada en Alpandeire, bajo una pertinaz lluvia, refugiados en una cortijada medio derruida, escuchando continuamente radio Lisboa o la Pirenaica, las únicas emisoras que no trasmitían música clásica en esos días de luto obligado y oficial).

Como era de esperar, las relaciones con la organización que daba cobijo a estas actividades e inquietudes sobre nuestra historia pasada terminaron mal. La dispersión obligada del grupo por razones de edad y de estudios, demostraron la nula sensibilidad de los dirigentes de entonces hacia esas investigaciones y sus resultados, en forma de restos arqueológicos, que fueron abandonados al expolio incontrolado, primero, y a la física desaparición después, ya que fueron convertidos en escombros, junto a los del pequeño cuarto donde se guardaban, para una ampliación del gimnasio de las instalaciones situadas en el Callejón Infante, donde habrían de realizarse actividades físicas más inofensivas y propias de la juventud, dentro del ideario político de la época, lejos de esas otras relacionadas con la mente y la cultura, peligrosas como en este caso se había demostrado, visto el resultado, ya que todo había terminado en un litigio ante la policía, al tratar los miembros del grupo de salvar los restos arqueológicos allí depositados, lo que se consiguió, en parte, gracias a la colaboración de personas interesadas. Hoy una parte del material arqueológico recuperado se encuentra depositado en el Palacio de Mondragón, gracias a la donación de la colección personal del aficionado rondeño D. José Llamazares, hecha por sus herederos, tras su reciente fallecimiento.

A partir de finales de los años sesenta nuestras vidas se separaron por un largo periodo de tiempo en el que ambos seguimos nuestros caminos en lugares alejados y con trayectorias diferentes, aunque el posterior reencuentro, ya en la década de los años 90, nos hizo ver que no fueron tan diferentes ni tan alejados. Seguramente los años vividos en Ronda y las experiencias compartidas habían creado las bases para que, aún en la distancia, nuestras maneras de pensar y de afrontar nuestras profesiones siguieran teniendo muchas cosas en común, estaban latentes aquellos comienzos. La etapa sevillana de Antonio, entregada al magisterio y a sus aficiones: poesía, flamenco, enología, historia, lenguas, literatura y un largo etc., marcaron los años de nuestra separación física y de la que aquí no puedo dar más detalles que sus propias obras, algunas desconocidas y otras sólo conocidas por sus más allegados.

Sin embargo, si sé que Antonio fue, a lo largo de su trayectoria como docente, algo más que un maestro (como le gustaba que le llamaran), su compromiso con la enseñanza y una sociedad, hoy considerada utópica, en la que creía, le llevó a implicarse en aspectos como la educación especial o la integración de niños con problemas de marginación y delincuencia, desde una militancia que, aunque relacionada con opciones políticas concretas como la socialdemocracia, suponía, en su caso, más compromiso con sus convicciones profundas que afán de notoriedad, lo que se evidencia en la falta de ambición personal en la continuidad y escalada en el campo político, lo que hubiese implicado una mudanza continua, emprendida por muchos correligionarios de entonces y de ahora, para no moverse del único objetivo perseguido, el medro personal. Sin embargo, su postura fue la de no moverse de sus profundas convicciones, a costa de quedar fuera de una posible carrera política, que impone la readaptación coyuntural permanente, sin límites ni objetivos ideológicos (será que el que no se mueve al ritmo marcado se queda fuera del encuadre de la foto ¡del poder¡).

Esta misma necesidad de influir en su entorno y de colaborar en lo que se pudiera y se supiera, le llevó a presentarse y salir elegido como concejal de cultura, de nuevo con el PSOE, del Ayuntamiento de Alpandeire, su pueblo natal, al que volvió buscando sus raíces personales, incluyendo la recuperación de la casa familiar, quizás como respuesta a la necesidad de una intervención en la vida pública, ahora más próxima y entrañable, o, tal vez, como antídoto al desencanto personal ante el panorama de la evolución de la sociedad en la que vivimos, soportable desde un reencuentro consigo mismo y con una época pasada, probablemente mitificada, en la que, a pesar de la dureza de la situación política de entonces, la ilusión y el anhelo de un cambio revolucionario permitieron superar todas aquellas dificultades.

Mi reencuentro personal con él coincide con su intención de convertir su investigación histórica, cultural y literaria en su tierra natal (esa madre primigenia, imaginaria y muda, capaz de encarnar cualquier inquietud o acallar nuestras frustraciones y, por ello, a la medida de nuestras necesidades) en una nostálgica búsqueda de identidad y de proyección futura (no sé hasta qué punto estos comentarios, salidos de nuestras últimas conversaciones, hacen justicia y traducen tus anhelos y frustraciones o sólo son el reflejo de mis propias inquietudes y desasosiegos puestos en tu persona, ahora que no puedes llevarme la contraria).

Sean las que fueren sus razones más intimas, volvieron a unirnos su curiosidad permanente y su decisión de dejar un legado personal sobre el conocimiento histórico de su tierra y su gente, metas que guiaron su reciente y última pasión por la investigación centrada en el Valle del Genal en tiempos medievales y moriscos. Fruto de ello son sus publicaciones en revistas locales o regionales o a través de cualquier medio que pudiera utilizarse para dar a conocer a sus paisanos y estudiosos sus hallazgos y progresos, siempre a base de un empeño y esfuerzo personal, muchas veces solitario y siempre autodidacta.

Como a veces ocurre, la vida es demasiado corta cuando todo interesa, cuando las ganas de conocer, de compartir, de experimentar, no tiene límites y a Antonio se le acabó en plena faena, no podía ser de otra forma conociéndolo, llegara el final cuando llegara. A los que le hemos sobrevivido nos corresponde, en la medida de nuestras posibilidades, no permitir que su trabajo quede sin darse a conocer, que su coherencia personal pase desapercibida o que la pasión por su tierra y su cultura no tengan continuidad y reflejo en sus paisanos.

Realizar la semblanza de una persona es siempre implicar los recuerdos y experiencias propias al lado o en relación con esa persona, por lo que suele ser una mezcla entre una aproximación biográfica a la persona recordada y, a la vez, un ejercicio autobiográfico. Por ello, mis disculpas por la subjetividad, ¿podría ser de otra manera?, y, sobre todo, por la inmodestia de escribir sobre uno mismo, tomando como pretexto la semblanza de un amigo desaparecido.

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Artículo de Pedro Aguayo de Hoyos publicado en el número 20 de la revista La Serranía en 2003.

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Un comentario

  1. Manuel Gaviño Gordillo dice:

    Soy de Bormujos. Soy y seré amigo íntimo de Antonio Díaz Morant, pues para mí lo que me enseñó lo sigo teniendo presente. La verdad, no quiero seguir escribiendo, pues me emociono. Gracias a este otro amigo por haber escrito lo que ha escrito.

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